Editoriales LGBTQ+

Crítica de La misteriosa mirada del flamenco para La Caja LGBTQ+

Después de ver La misteriosa mirada del flamenco de Diego Céspedes, una de las sensaciones que más me pesaba era el contraste entre la violencia del mundo que retrata y la ternura poética con la que se cuenta la historia. No es una película cómoda, pero sí profundamente necesaria, especialmente para nosotros en La Caja LGBTQ+ que valora las historias que visibilizan, conmueven y desafían.

Un relato queer desde la inocencia

Lidia

La película está ambientada en el norte de Chile durante los años 80, en un pequeño pueblo minero donde reina el rechazo hacia una familia queer. A través de los ojos de Lidia, una niña de once años, Céspedes construye una fábula marcada por el estigma, el miedo y un vínculo familiar alternativo que se planta con fuerza contra la ignorancia.

Lidia no es un simple observador: su mirada infantil le da al relato una pureza que parece casi un escudo frente a la hostilidad. Al mismo tiempo, su inocencia permite que el espectador entre en esa comunidad queer con empatía, sin saturar con discursos explícitos, sino a través de los pequeños gestos de cariño, las risas compartidas y los rituales de cuidado. Eso le da una carga emocional muy poderosa. Como señala el crítico de EMOL:

“Occupies a Lidia como un canal que revela la sensibilidad emocional que pueden tener las personas, independiente de sus decisiones. Muestra cariño, empatía, dolor y amor …”

El estigma como monstruo

La idea de una “misteriosa enfermedad” que se transmite con la mirada cuando un hombre se enamora de otro es, por momentos, una metáfora, y en otros, un miedo real. Esa superstición encarna el terror social que muchas personas LGBTQ+ han vivido: el prejuicio convertido en narrativa colectiva.

La película no menciona explícitamente VIH/SIDA en cada momento, pero el peso de esa epidemia está ahí, latente, y la elección de ambientarla en los años 80 no es casual. Según explicó Céspedes, el film habla de “familias que elegían las disidencias para sobrevivir a estos tiempos violentos” durante la crisis del SIDA.

Relaciones queer complejas

Uno de los grandes logros del filme es cómo representa la maternidad queer. Flamenco (interpretado con mucha ternura y vulnerabilidad por Matías Catalán) no es solo una figura escénica, sino un pilar emocional; no es la madre biológica de Lidia, pero sí su protectora y guía. Su relación tiene momentos de dulzura, sacrificio y dolor, especialmente cuando la violencia y la enfermedad los amenazan. La crítica de Rolling Stone en Español resalta:

“Flamenco es madre, performer, cuidadora y víctima de una sociedad que la desea en secreto pero la castiga en público.”

También está Boa, otra figura clave y matriarcal, que aporta profundidad y ambigüedad emocional al colectivo. Su relación con otros personajes es compleja, a veces contradictoria, lo que hace que la película no caiga en estereotipos fáciles ni en moralejas simplistas.

Estética y ritmo: una fábula visual

Visualmente, La misteriosa mirada del flamenco tiene una fuerza muy marcada. La cinematografía (a cargo de Angello Faccini) apuesta por planes amplios sobre el desierto, mostrando la soledad del paisaje y situando al grupo queer en un entorno hostil. es.rollingstone.com La paleta de colores es cálida pero desaturada, lo que refuerza la sensación de una realidad dura teñida de melancolía.

El uso de un formato casi cuadrado (4:3, según algunas críticas) contribuye a esa sensación de encierro emocional, de personajes atrapados entre miradas ajenas y el cielo abierto. Emol+1

Musicalmente, la banda sonora de Florencia Di Concilio acompaña con mesura: no es sobrecargada, sino que crea un ambiente melódico y nostálgico que alterna entre lo lírico y lo fúnebre. es.rollingstone.com

En cuanto al ritmo, esa misma suavidad puede jugar en contra. La película no acelera para dar golpes de tensión constantes, lo que podría hacer que algunos espectadores sientan que “no pasa mucho”; como advierte el crítico de EMOL, es una obra que exige paciencia y que sus mensajes resuenan más después de salir de la sala. Emol

Lo político sin sermón

Una de las grandes virtudes de la película es cómo aborda temas políticamente cargados —discriminación, VIH, invisibilidad trans— sin caer en un discurso moralizante. Céspedes logra mantener un equilibrio delicado: la denuncia existe, pero está entretejida con afecto, humor y momentos de magia. Como dice André Didyme-Dôme en Rolling Stone:

“Lo que podría haber sido una denuncia didáctica se convierte aquí en una obra lírica, compleja, en ocasiones absurda, y siempre profundamente humana.” es.rollingstone.com

Ese enfoque tiene un valor enorme para una crítica queer: no es solo mostrar el dolor, sino imaginar una comunidad que, a pesar del odio, construye redes de amor, resistencia y pertenencia.

Limitaciones

No todo funciona a la perfección. La crítica de Rolling Stone apunta que hay algunas escenas dialogadas que rompen la cadencia poética, y un final que puede sentirse demasiado prolongado. Esto no quita que el conjunto sea muy potente, pero sí puede generar momentos en los que el ritmo flaquea.

Por otro lado, el enfoque lírico y simbólico podría alejar a audiencias que esperen una narrativa más convencional o explícita sobre el VIH/SIDA. Esa decisión estética es deliberada, pero consciente: no todos los espectadores conectarán con esa forma de contar la historia.


Diego CÉSPEDES
Foto:Tom Chenette

Impacto queer

Para la comunidad LGBTQ+, La misteriosa mirada del flamenco es una obra simbólica. Ganó el Premio Sebastiane Latino 2025 en el Festival de San Sebastián, un galardón que reconoce películas que reflejan los valores LGBTIQA+. EscribiendoCine Esa distinción subraya el valor político y cultural que tiene retratar estas historias con dignidad, sin sacrificar la complejidad emocional.

Y el hecho de que haya ganado Un Certain Regard en Cannes también habla de su potencia artística y de su capacidad de trascender fronteras. Radio Concierto Chile

Conclusión

En definitiva, La misteriosa mirada del flamenco es una película que recomiendo con entusiasmo para cualquier lector o lectora de La Caja LGBTQ+. No es una obra ligera, pero te toca porque pone el amor y la existencia queer en primer plano, aún cuando el mundo circundante se muestra cruel y temeroso.

Es una reivindicación de las “familias de abajo”, de las que históricamente han sido marginadas, pero que sobreviven —y sueñan— a través de la mirada, el contacto y el afecto. Más allá del dolor, hay ternura, humor, resistencia, y una aspiración poderosa: que mirar no sea un peligro, sino una forma de reconocerse.

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